El río no llora, y yo tampoco.
Voy a dejar que mi río se seque,
a su ritmo, pero rápido.
Cruzo el lecho endurecido, esa piel agrietada que dejó el agua,
descalzo,
sintiendo el pedregullo caliente,
el verano mordiéndome los pies.
Pongo las manos en el suelo,
Pongo las manos en el suelo,
las palmas abiertas,
dejando que la sequedad me hable.
Me siento en la orilla seca,
miro las grietas, los baches,
Es como mirarme al espejo. Es como contarme las arrugas de los párpados.
Voy a dejar que mi río se seque.
Pateo piedras, quiebro ramas, esquivo espinas y abrojos.
Y continúo la marcha si me corto. No sabía que los ríos no lloran,
Y yo tampoco.
Y yo tampoco.
Voy a dejar que mi río se seque.
Aún seco, sé que sigue siendo río.
Bajo toda esta dureza hay un charco, un pozo que todavía podría beber.
Pero no lloro. El río no llora, y yo tampoco.
Duele en silencio, la sangre no toca el suelo,
No escapa de las venas. El agua tampoco se escapa.
No escapa de las venas. El agua tampoco se escapa.
La piel se quiebra tan fácil, el corazón también.
No sé cuándo llorar, no aprendí a hacerlo, como el río.
Me enseñaron que el llanto es un vicio,
Me enseñaron que el llanto es un vicio,
y cambié un vicio por otro.
Me dijeron que los hombres no lloran,
que el agua no puede ser débil.
Pero el sol no para.
Pero el sol no para.
Quema, me quema.
Las venas están secas, las palabras ahogadas en polvo y humo,
las grietas crecen y crecen,
Y no lloro.
Y no lloro.
El río tampoco.
Siento esta sed infinita.
Es la misma que arde en la garganta,
la que no sé cómo apagar.
Pero lo que sé, es que el río sigue siendo río cuando se seca.
Pero lo que sé, es que el río sigue siendo río cuando se seca.
El río no llora. Quizás yo sí llore un poco.
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