Vi a Mariana en la cocina.

 Ese no era un martes cualquiera. Justo ese martes entré a la cocina del trabajo y la vi a Mariana sentada en una de las dos mesas blancas y redondas, esas que están una pegada al lado de la otra, acompañada de un montón de sillas negras alrededor, todas vacías.

Más que sentada, estaba rendida. Tenía la cara hinchada y la piel colorada, como si hubiera llorado durante días; apoyaba los codos en la mesa y se sostenía las sienes con los dedos.


Yo me quedé a medio camino, con el termo en la mano, congelado.


A Mariana no la veíamos desde hacía, no sé, seis meses, por lo menos. Nadie sabía nada. Al principio dijimos: “está de vacaciones”. Después: “está con licencia médica”. Y luego empezaron los rumores: que estaba deprimida, que la dejó el marido, que se había matado; que se había ahorcado en el cuarto, rodeada de colillas de pucho y botellas tiradas por todos lados.


¿Pero cómo? Si Mariana era re fuerte, decíamos. Mandaba en un sector importante de la empresa, tenía los ovarios bien puestos, carisma, y resolvía quilombos internos como si nada. Además, en una empresa llena de milicos retirados y machos de mierda, eso se respetaba. Nadie se le animaba.


No se comía una, y aun así andaban diciendo que se había matado. Yo no lo creí, pero tanto me taladraron la cabeza que, en algún punto, empecé a dudar.


Cuando la vi, me sacudí los pensamientos y le solté:

—¡Mariana! ¿Qué hacés acá? ¿Todo bien?


Lo dije como un pelotudo, como si no fuera obvio que estaba hecha mierda. Me sentí un idiota, pero ¿qué vas a decir en un momento así?


Tomó un suspiro, se revolvió la cara, y después, exhalando, se levantó a buscar un vaso con agua. Ya no lloraba, pero necesitaba saciar la sed de la angustia. No me miró ni una vez.


Tragó un par de sorbos apoyada en la mesada, se aclaró la garganta y negó con la cabeza. 

Enseguida, moviéndose despacio, como si cada gesto le doliera por dentro, sacó el celular del bolsillo, puso la clave, buscó algo por dónde parecía ser la galería y me hizo una seña para que me acercara.


Todavía siento los latidos del corazón retumbándome en las orejas, y no recuerdo sentir los suyos.

Una persona en pausa, pensé. Hubo un silencio infinito mientras me acercaba, con pasos pesados hacia ella.


Me puse a su lado y, al mirar el celular, como por arte de magia, los martillazos en mi pecho desaparecieron. Lo único que pude hacer fue abrazarla. Abrazarla y llorar juntos.

No dije una palabra. 

Ella tampoco dijo nada.



Al ratito se despegó, me miró apenas, como agradeciendo, se secó las lágrimas con la manga del buzo, toda mojada de llanto y mocos secos, y con voz frágil y arrugada preguntó hacia el suelo: —¿Nunca tuviste, aunque sea por un segundo, ganas de sentarte al borde de algún precipicio, a mirar las vistas, los atardeceres, solo para que alguien, quien fuera, de forma abrupta te empujara al vacío? 


Mientras la miraba desconcertado se fue. No sé a dónde, salió por la puerta y la perdí de vista.

Ni siquiera ahí me miró bien. Estoy seguro.


Mariana salió por la puerta y yo me quedé ahí, en shock. Todo fue eternamente rápido. 

¿Sirvió de algo el abrazo?, pensé.


Recién cuando se fue pude poner a calentar el agua para el mate. Me quedé mirando la jarra mientras hervía. El agua empezó a burbujear cada vez más fuerte, y el vapor a silbar, más y más fuerte, y en un momento de distracción me quemó la cara; y me temblaron las manos; y casi tiro todo, y la concha de la lora! 

Paré, sequé el agua, acomodé las cosas, apagué la luz y me fui.


Antes me preguntaba si Mariana sabía lo que decían, si le importaba que la gente la creyera una suicida, una rayada, una débil -Palabras que usan los vivos para no escuchar a los vivos- Como si el insoportable dolor fuera signo de debilidad, porque en este lugar es mejor embriagarse de lo que sea o faltar sin aviso o tener vicios que estar triste, y ella habría cometido el peor de los pecados, porque así es tratada de enferma, porque así es más fácil enmarcarla en la locura. Pensaba inocente que no le importaba nada, que ni las cicatrices de las muñecas ni los blíster de pastillas iban a pararla, que cuando volviera iba a poner orden y más de uno se iba a mear encima. Que cuando volviera, iban a salir todos como cucarachas a esconderse, hipócritas, cuando volviera iban a ver. 


Cuando volviera…

Cuando volviera…


Y ahora que volvió, lo único que me pregunto es:

¿Cómo volves, a cualquier lugar, a cualquier parte, si te matan a tu hijo?



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