Olor a 2015, o 2016, o 2017. De época divina. De martes sagrados.

<_Borrosa mi mirada_>

Un olor a tabaco y ropa vieja inundó mi nariz al entrar por aquella oxidada puerta, que daba paso al más estrecho de los pasillos, adornado con telarañas, cuadros antiguos, y un rasposo color sepia.
Sentí un sabor agridulce desde mi paladar hasta mi garganta, anudando cada una de mis cuerdas vocales, impidiéndome hablar.
Mis ojos se nublaron. Veía caras, desgastadas por el día a día, o quizás por el amargo de una taza de café. Veía historias, veía senderos caminados, veía pies cansados. La llama estaba encendida, y aunque estaba visto que iba a llover, esto no ocurrió.
Oía voces de todas partes, pero no podía entenderlas. 
Me susurraban cosas al oído, algunas cantaban, otras lloraban. Algunas reían, y otras rezongaban a quien sabe qué.
Oía estas voces mezcladas con el inquietante sonido de una radio, que por el paso de los años fue perdiendo nitidez.
Sentí mis manos temblar, y mis músculos se tensaron hasta hacerse de piedra, aunque podía moverme con normal fluidez. 

Caminé por aquel pasillo a paso lento, aun queriendo llegar lo antes posible a la estación, en la cual los pasajeros esperaban sentados la llegada del tren.
El pasillo de tan solo tres metros se convirtió entonces en un largo camino de kilómetros.
Mi corazón se aceleraba con cada paso, el sudor humedecía mi frente y un escalofrío recorría mi espalda. Podía sentir mi respiración agitada, y podía sentir como las miradas extrañadas de algunas personas se clavaban en mí como dagas afiladas sedientas de sangre.
Recordé por un momento que en el bolsillo trasero de mi pantalón tenía un pañuelo beige con cuadros rojos, y me propuse sonarme la nariz. No estaba resfriado, pero lo hice solo por el hecho de distraerme aunque sea unos breves segundos.
Estaba acompañado, pero me sentía solo. Perdido.
Recuperé la cordura y continué a paso cansado por el camino de baldosas grises, abrigadas por una fina alfombra de polvo.
Un alma bondadosa pero justa se acercó hacia mí, murmuró lo que para mí fue un extenso discurso y, con una mezcla de amabilidad e ingratitud, me llevó junto a otras personas que se encontraban en la estación.
Descansé las manos en mis bolsillos y analicé mi entorno; Malas caras con lagañas despertando de la siesta, gente dormida, y gente despierta desde hacía ya un tiempo.

Una de esas personas se dispuso a saludarme, era una persona encorvada, tan encorvada que pareciera que le pesaba la mandíbula.  

Lo saludé estrechándole una mano y éste, con un lento movimiento, volvió a su viejo asiento.

Personas entraban y salían de la estación, y mis ojos no paraban de analizar la escena.
Me dispuse a ver la hora, pero para mi sorpresa, esta no se movía.
El tiempo se había parado, y aunque para mí debían ser ya las nueve de la noche, seguían siendo las siete y veintidós de la tarde.
De pronto, sin previo aviso, escucho la fuerte bocina de un tren a vapor que venía veloz y furioso por las vías, y me sentí extraño. Éste freno con dificultad frente a mí, y abrió sus puertas dando paso a una niebla blanca con un raro aroma a cuero, polvo y carbón, erizando cada uno de mis poros.
Alguien el cual no recuerdo su rostro me tomo del brazo izquierdo, ayudándome a levantar mi lento cuerpo del carcomido asiento de la estación. Fue ahí cuando escuché a una de las personas que me acompañaban, la cual nunca había oído hablar, regañar con aversión a todas las personas allí presentes, incluyéndome.
Me dispuse a caminar hacia ese vagón del tren, sin saber muy bien a donde estaba yendo, y una vez estuve delante del frio umbral, golpes agudos aturdieron mi cabeza, golpes que resonaban en mí como si de un eco insistente y ávido se tratase, y me desvanecí.
Desperté a las nueve menos cuarto de la mañana, el día estaba soleado y el otoño estaba llegando. Me di cuenta que esos golpes provenían de mi puerta, y un sentimiento de tristeza invadió mi ser, sabía lo que estaba ocurriendo. 

Hoy era el último día que iríamos a visitar al abuelo.


 

X-X-16' aprx.



 

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